Las apreciaciones vertidas .

Estuve viendo la serie «Ciudad de Dios», que es la continuación de la película con el mismo nombre. Y en mi opinión hay un cambio notorio en la construcción del mensaje. Si la película original mostraba la favela desde una crudeza visual y ética, la serie propone una nueva mirada: una que intenta complejizar la representación del territorio, pero que a la vez lo suaviza, diluyendo el filo político y social que hizo del film una denuncia visceral.
Una escena que me llamó mucho, es la del enfrentamiento entre Wilson “Buscapé” Rodrigues, el protagonista/narrador, y su hija adolescente. Ella lo cuestiona de “comercializar el dolor” de la favela, de haber construido su prestigio como fotógrafo a partir de la miseria y la muerte que lo rodearon. Y creo que es profundamente simbólica, porque condensa la tensión entre dos modos de entender la representación de los sectores populares: por un lado, el registro crudo que busca mostrar la violencia como realidad estructural; por otro, una nueva sensibilidad que cuestiona esa exposición y reclama otras imágenes posibles, “más positivas” o “esperanzadoras”.
Sin embargo, esta discusión no es inocente. La hija de Buscapé encarna una mirada contemporánea, moldeada por un discurso globalizado donde la auto-superación individual se vuelve la vía de escape. Ella canta y cree en el arte como camino personal de progreso. Su figura funciona como metáfora de una nueva forma de representación del Sur global: una que adopta los valores del progresismo neoliberal, donde el éxito se mide en términos de visibilidad y movilidad social individual, y donde la estructura de exclusión permanece intacta.
Lo que en la película original era denuncia, en la serie se transforma en discurso conciliador. Cidade de Dios (2002) nos arrojaba a un círculo de violencia y marginalidad del que nadie salía indemne: “si corres te alcanzan, si te quedas te comen”. En cambio, en la serie parece suscribirse al imaginario de que siempre hay una salida posible —si se lucha, si se cree, si se invierte en talento o arte—, es decir, el mito de la “meritocracia redentora”. Esta resignificación no es menor: detrás del nuevo mensaje se cuela un tufillo capitalista, un relato de “superación” que armoniza perfectamente con las narrativas de consumo cultural global, donde la pobreza se vuelve estética, y la favela, un escenario exótico de resiliencia.
Así, cuando la hija de Buscapé lo acusa de lucrar con el dolor, lo que emerge no es solo una crítica generacional, sino una disputa por la autoridad simbólica: ¿quién tiene derecho a contar la historia del dolor colectivo? ¿A quién sirve ese relato? El cuestionamiento es válido, pero también peligroso si se lo lee desde la moral del espectáculo. Porque si todo relato de la miseria se interpreta como “explotación del sufrimiento”, corremos el riesgo de invisibilizar las causas estructurales que producen esa miseria. En nombre de la sensibilidad, se corre un velo sobre la denuncia.
La tensión, entonces, no es solo estética sino política. La serie parece querer reconciliar al espectador con la favela, mostrarla como un espacio de cultura, creatividad y esperanza. Pero en esa operación también se despolitiza el conflicto, se edulcora la violencia cotidiana, y se sustituye la crítica sistémica por la inspiración personal. Es un desplazamiento que, aunque parezca más humano o más empático, responde a una lógica global del mercado audiovisual: transformar el dolor en mercancía, la historia colectiva en contenido, y la lucha en espectáculo.
En última instancia, la serie confirma que toda representación es una construcción del mensaje, y que ese mensaje nunca es neutral. Mostrar lo “lindo” de la favela puede ser tan ideológico como mostrar su crudeza. Lo esencial no debería ser ocultar la violencia ni fetichizarla, sino entenderla como síntoma de un orden social que persiste. La película original nos mostraba el infierno sin salida; la serie nos vende la promesa de escapar. Entre ambas versiones se juega la disputa contemporánea sobre cómo queremos mirar —y narrar— la marginalidad: si como una herida abierta que interpela, o como una historia superada que tranquiliza.
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