La ironía es un arma de doble filo

¿Sabes cuántas veces te vi abrir galletitas de agua?, muchas.
Siempre el mismo ritual. Tomar un cuchillo, el tramontina, los comunes, de casa. Dejabas los paquetes de galletas en tu mesa redonda, esa que no te pertenecía, sino que era parte del contrato que habías firmado al alquilar. Y te recuerdo con tu pantalón buzo negro, ese que tiene una línea roja a los costados, y tu chompa azul, que tiene como un cuello en V. caminabas hacia a la alacena, abrías el cajón donde guardabas los cubiertos, todos ordenados y desordenados al mismo tiempo, aspecto tan tuyo.
Agarrabas ese cuchillo, lo llevabas a la mesa, agarrabas el paquete de galleta y le hacías el corte transversal, cerca del inicio del paquete, cosa que después sirva para tapar las galletas, así no se humedecían.
Yo, durante toda mi estadía en Argentina, siempre abrí las galletas de la forma más torpe posible que puede haber, tan yo, ¿verdad? Las dejaba todas despatarradas, a su suerte, buscando envolverlas de una forma rara.
Al verte realizar dicha técnica, hice una nota mental “¿cómo no se me ocurrió antes?, que inteligente es por Dios, lo amo”. Y a partir de ese momento, empecé a hacer lo mismo, a modo de imitación, y siempre contaba lo mismo a las personas “Gianluca me enseñó esto, mira”, siempre con el orgullo que inspirabas, o que me inspirabas.
¿Sabes que después de aquel diciembre no he vuelto a comer esas galletas?, quizá una parte de mi la rechazaba porque me recordaba a ti, a los desayunos o cenas. Pero las compré, lamentablemente la falta de economía te hace comprar cosas que, de alguna manera, tu economía puede sostener.
Y al tomar el paquete de galleta, todo fue tan espontáneo, la misma acción de buscar el cuchillo, cortar transversalmente, tomar una galletita, comerla…y ¡pum!, ahí estabas, sentí que te vi, entre mis recuerdos, y me enojé. Me enojé porque rompí con mis acuerdos, ese que me propuse al iniciar el año. ¡NO PENSARTE MÁS!. Fallé, como una gran jijuna que soy, con todo el respeto a mi madre, claro.
Pero ahí estabas, huevón, y que bronca, por favor. Que bronca.
Mi cara se desdibujó, me enojé conmigo misma, y es que ¿por qué replico tus acciones?, sí, es estúpido llevarlo a ese lado, pero es que siento que dejaste tantas cosas acá, más de las que quisiera aceptar. Y para reparar mi sensación de frustración, rompí la envoltura, fiel a mi torpeza. Y cada que quiero abrir una galleta, ya es automático que te instales, y mi accionar gira en seguir rompiendo la envoltura.
Que inmaduro, sí. Y estoy segura que si lo supieses, te reirías de esto, porque en tu lógica, estaría haciendo un berrinche. Y me reiría a tu lado, y es que algo aquí ha cambiado desde que te acercaste a decir “Hola Liz”, aunque me haya molestado esa actitud, pero creo que me ayudó a cerrar, y de alguna manera, la cólera se está desinstalando. Y de pronto, todo gira en torno en lo bonito que fue haber-te amado de la forma en la que lo hice.
Esa incondicionalidad y lealtad que te di, créeme que solo afloró contigo, esa forma tan tierna de mirar tus defectos y aún así seguir eligiéndote, solo la tuviste tú. Sí, tuviste el placer de tener a una Liz que se desnudó de las mil formas que pudo, sin ningún tipo de miedo ni pudor. Mostré todas mis imperfecciones, todas, no quedó nada por descubrir, y quizá fue demasiado. Tal vez debí esconder algo, y posiblemente no hubieses tenido tantas armas para destruirme, pero aún así, no me arrepiento. Solo, me queda el sabor amargo de que fue en vano, porque no terminaste de conocerme, menos entenderme.